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La noche fue un poco larga para mi, podía ver como Steffe soñaba con las maravillas de Paris mientras que yo solo miraba desde mi pequeña cama el resplandor de la luna que titilaba al conjunto con las estrellas y sin darme cuenta quedé totalmente dormido, como si la luna me arrullara cada vez que la observara.

Steffe me despertó con una gran sonrisa en la cara, ya había llegado el día que llegaría a mi natal Paris, y el tren salía en un par de horas. Me mojé la cara solo para despertar del todo, podía ver lo entusiasmada que estaba Steffe por su rostro y también porque todo estaba a la perfección y no podríamos salirnos del itinerario en todo el día. Bajamos al Recibidor y allí estaba Marie, Con su sonrisa tan benévola que no podía hacerle daño ni siquiera a una mosca aunque quisiera, pagamos nuestra pequeña estadía en el hotel y después de darle una generosa propina salimos hacia la estación de trenes.

Al llegar y ver las personas y el anden numero 7, mi corazón latía fuerte, ya sabia como se sentía Steffe, la gran emoción que todos sentimos, solo que unos las expresan mas que otros. Le di un gran abrazo a Steffe y con los boletos en mano subimos al tren de las 11:00. Caminamos por el corredor del tren mientras que buscábamos nuestro camarote privado, en ese momento pasaban muchas cosas por mi cabeza, lo diferente que serian las cosas si estuviese con Lucile en este momento, solo quería olvidar todos estos recuerdos que me atormentaban cada noche y cada día y el horrible sentimiento de culpa que me quedaba por que si, si soy culpable de dejarla sola y desnuda en el trasatlántico.

Entramos al Camarote y nos sentamos, uno frente al otro. Steffe me conocía muy bien, sabia que quería el lado de la ventana y de lo mucho que me gusta ver los parajes de los viajes que hacemos mientras que yo saco mi pequeña libreta y me pongo a pintorretear los detalles mas encantadores de las estaciones del año. Steffe solo sacó uno de los libros que había comprado en la pequeña ciudad de Montecarlo y solo se puso a hojearlo, al parecer estaba muy emocionada por el viaje que ni siquiera podía leer, solo quería llegar. Yo por mi parte me acomode en el cómodo asiento de cuero marrón mientras me asomaba por la ventana y veía las gotas de lluvia caer por el vidrio, pensando la nueva aventura que me tocaría, como estaría mi querida hermana, o como estaría la casa después de todos estos años.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta corrediza, y un joven muy agraciado se asomo por ella. Su sombrero negro delataba su oficio en el tren, era el boletero y venia a sellar los boletos antes de partir. Les di muy amablemente los boletos y después de sellarlos se despidió con una sonrisa y cerró la puerta con delicadeza. Steffe se veía totalmente asombrada, creo que le había gustado un poco el boletero, pero esto como siempre no me afectaba, ya estaba acostumbrado a la actitud romántica de mi asistente.

-Un chico muy amable ¿no Steffe?

-Usted lo ha dicho Monsieur Kullrich, me parece que este será otro de mis amores imposibles.

-¿Por qué lo dice querida amiga?- respondí con un tono muy triste, no me gustaba ver a mis allegados tristes.

-Por que si no se dio cuenta, está casado… ¿no le vió la argolla?

-Querida Steffe creo que has aprendido bastante de nuestro negocio, ni siquiera yo me di cuenta de eso. Usted si tiene una buena vista. Creo que por eso usted es mi asistente y siempre lo será.

-Merci, Merci Beacoup Monsieur Kullrich, usted ha sido mas que un jefe para mi, ha sido un buen amigo- dijo Steffe mientras se arreglaba para empezar a leer una de esas novelas románticas y empalagosas.

Yo por mi parte veía como avanzábamos poco a poco por los rieles del ferrocarril, íbamos saliendo de la ciudad de Montecarlo la verdad la idea de llegar a Paris me parecía cada minuto mas gratificante.