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Steffe retomó la historia pero esta vez no le prestaba atención, me dedicaba a ver las gruesas gotas que caían por el cristal mientras el tren avanzaba por los pintorescos pero algo tristes paisajes de una Francia olvidada por su civilización.
Después de unas 4 o 5 horas de viaje abrí mis ojos y me di cuenta que me había quedado dormido. Mire hacia mi derecha y podía ver que Steffe seguía media adormecida en el asiento, con el libro en su regazo, así que solo le coloqué una pequeña almohada y tome una cobija y la arropé para que no sintiera frío. Cerré la puerta corrediza y sali hacia el vagón comedor.
Siempre lo he dicho, los viajes en tren me causaban un apetito muy voraz, además no había desayunado nada desde que salimos de montecarlo, así que seguí por el pasillo hasta llegar al vagón comedor. Tomé un poco del pavo del buffet y comí exquisitamente, mis papilas gustativas tocaron el cielo pero mis oídos tocaron la gloria cuando escuché una voz, una voz tan angelical que me distrajo totalmente de la comida. Su nombre, Margaret, una cantante que se presentaba todos los días en el vagón comedor, acompañada de un pianista que vestía con un pantalón negro y una camisa beige.
Margaret era bellísima, sus rizos dorados y sus ojos verdes ópalos me ponían a pensar, y me inspiraba para pintorretear en mi libreta de dibujo. Me le acerqué al finalizar su canción y le felicité.
-Tiene una linda voz mademoiselle- dije yo en un tono encantador.
-Merci, merci beacoup monsieur….
-… Monsieur Kullrich, para servirle- respondí yo mientras que como todo un caballero me inclinaba para terminar con una pequeña reverencia.
-Echanté monsieur Kullrich. Mi nombre es Margaret Dubois como ya ha de saber...- dijo mientras me observaba como tratando de grabar toda la escena en su memoria.
-Pues si, desde el primer momento que la vi. Supe que debía conocerla- dije yo algo entusiasmado.
-Monsieur Kullrich, me halaga. ¿Desea acompañarme al bar para invitarle algo de tomar?
-Por supuesto, vamos.
Acompañe a la dama hasta la barra del bar, y mientras caminábamos hacia las sillas me puse a detallar cada segundo con mis ojos, era como si quisiera memorizar este momento por que posiblemente no iba a poder disfrutarlo otra vez.
-una copa de oporto por favor…-dijo Margaret muy confiada, al parecer era lo que tomaba periódicamente mientras viajaba por el tren.
-De inmediato mademoiselle Dubois, ¿y para el caballero?- dijo el joven barman
-Syrah, a temperatura ambiente, si’l vous plaît
-noto que le gusta el vino tinto monsieur Kullrich
-¿Por que lo dice Mademoiselle?
- por es pequeña gota que se le nota en su camisa- dijo Margaret mientras tocaba con sus manos mi pecho y señalaba la diminuta gota de vino
- veo que es muy observadora, se parece mucho a mi asistente Steffe, lastima que esté dormida, se la presentaría con gusto.
- y, ¿a que se dedica?
- Pues Mademoiselle, soy investigador, me han llamado desde Malta para investigar algo que sucedió en el museo de arte egipcio de Paris.
-Muy interesante, he escuchado algo al respecto, los pasajeros no son nada discretos cuando se trata de conversar los tópicos de la vida actual.
-Es tan triste que halla ladrones de antigüedades en este mundo- musite lentamente en el oído de mademoiselle Dubois.
Ella se sonrojó y mientras el barman servia las bebidas seguía hablando acerca de muchas cosas mientras ambos tomábamos lentamente nuestras bebidas. Pude ver a Steffe muy cerca del buffet, algo que podría decirse que era muy común al tratarse de Steffe.
Mademoiselle Dubois disfrutaba de mi compañía mucho, al igual que yo, disfrutaba ver su sonrisa amplia y sus delgados y finos labios pero sabia que esto no duraría mucho ya que en unas 4 horas ya llegaría a la estación parisina de Gare d'Austerlitz. Mientras yo la miraba a ella y ella al vacío, pude observar que a pesar de su cabello rubio, mademoiselle Dubois se parecía mucho a Lucile. Su mirada suave, su blanca tez, las palabras que salían de sus labios, me hacían suspirar con solo pensarlo.
-¡Carlos!- gritó Mademoiselle Dubois mientras e arrojaba a los brazos de un hombre mayor, como de unos 40 años de edad, su piel era morena y sus ojos eran azules como el mar Mediterráneo. Yo me quedé mirando a la pareja mientras terminaba de tomar mi copa de Syrah.
8 comentarios
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Que fijacion tiene Antonil con las cantantes, ahora apareció otra, bueno pobre Lucile.....
En cuanto a Steffe de tanto criticarla ya estoy que me parezco a ella yo tambien, en lo observadora, ¡claro!......
besos mi angel
Cada vez mejor... Muy bien Jean, Austerliz es hermosa hoy día, pero fue un mercado en casi pleno centro de París ahora a la vera del Sena, donde se puede ver su gran reloj durante un paseo por el mágico rio, Muy buen post
Era cierto lo que me dijo Carmen...que joven tan talentoso eres ..sigue asi y te va ir muy muy bien ..nunca dejes tus sueños que la realizacion de los mismos dependenderá de ti...besos y gusto en conocerte por el messenger ...abrazos
Escribes muy bien...lo estoy pasando a mi ordenador para leerlo tranquilamente cuando tengo tiempo...¡estoy estresadaaaaaa!...
besitos de mil colores
Saludandoooooooooooooooooooooo
Antes de ponerme a leer esta novela tuya que publicais he de decirte que me encanta leer blogs de personas que nos transportan a otro lugar con sus escritos, saludos
Muy buena tu novela parisina Jean Pierre... te seguiré leyendo..
besos
Te he encontrado a través de la maguita mexicana y me alegro. Escribes muy bien. A partir de ahora te seguiré. Te añado. Un abrazo.
Iñakito.